Al Este del Norte, San Sebastián – My Chic Planet

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Aprovechando que nuestro ánimo pendula al ritmo tenue de la caída de la lluvia, de las hojas que se broncean en pleno otoño mientras nosotros nos desteñimos a marchas forzadas, tomemos un antídoto e invoquemos al aquelarre desde el recuerdo de las hogueras, las aventuras del verano.

 Al Este del Norte

Tras varios intentos de convencer sin éxito a mis hijas de que San Sebastián es la capital de los pinchos, un camarero al que le caímos en gracia emergió detrás de una selva de pinchos para señalarnos un sitio en el que se podía cenar bien, de menú y sobre todo, en el que las niñas pudieran sentarse.

Nos detuvimos algo inseguros de haber seguido correctamente las indicaciones del selvático, cuando llegamos a lo que parecía el portal de una pensión de medio pelo, incluyendo la subida por unas escaleras estrechas y algo lúgubres. Alcanzamos la cima flanqueados por la que luego resultaría ser la cocinera, pero que abajo ofrecía dudas de profesión mientras despedía —con el dedo en ok— una colilla rumbo al suelo, de esa forma tan típicamente trabajadora: mirándola como de soslayo en caída libre y aprovechando para mirar de reojo a los potenciales clientes. Los nubarrones de dudas se disiparon arriba con la sonrisa de la gentil camarera que nos preguntó el número de comensales indicando casi enseguida la mesa que daba a la ventana.

San Sebastián My Chic Planet

Lo primero que dijo es que si quería me la cerraba para que mis riñones no se acordaran de ella ni de su familia al día siguiente por el frío

Lo primero que dijo es que si quería me la cerraba para que mis riñones no se acordaran de ella ni de su familia al día siguiente por el frío. Y es que en SanSe, nunca hay que fiarse de las ventanas abiertas, ni dejar las toallas secando aunque luzca un sol sahariano. Por el contrario, resulta imprescindible un tool kit que conste como mínimo de zapatos cerrados, una rebequita o chaqueta y un paraguas amplio si un ataque de optimismo absurdo te inhibe del chubasquero.

La profesionalísima camarera hizo que todo fluyera por encima de nuestras desavenencias y el mal humor de niños y adultos debido al hambre. Ahí se nota cuando se trata de un profesional, hace las cosas de manera que ni te das cuenta, aprovechando para aparecer en los momentos de goce gastronómico y subidón de la alegría por lo rico de la comida.

Acercamientos estratégicos de larga distancia, nunca interrumpir una discusión o un momento íntimo, no preguntar a menos que sea indispensable y hablar sólo cuando se está seguro de no incomodar a los comensales, ni por el tema, ni por la conversa en sí. Abordar temas tenues en los que el camarero se sienta cómodo y sabio, que pueda recortar o frenar en seco sin dislates por si hay que salir a por un comensal nuevo, atender a la mesa de al lado o ayudar a una niña a limpiarse la mancha de sopa; cuestiones del Manual del Buen Camarero que amenazan con perderse en el lejano horizonte de los recuerdos de la tercera edad por la macdonalizacion del gremio.

Así fue el servicio, impecable. De gloria y resurrección también la sopa de pescado, con un fondo marino concentrado de esos que aceleran el lagrimal y que, de haber estado enferma, me habrían curado todos y cada uno de los males que me aquejaran. La merluza no nos hizo ningún feo tampoco. Muy básica, a la plancha o con refrito para los amantes del ajo —entre los que como Victoria Beckham, no me cuento— colmó las aspiraciones subacuáticas de la noche. De los entrecot al punto de las niñas no quedó ni el zumito tras la escaramuza de rebaño con pan que no hubo más remedio que autorizar.

Ya por los postres y en cuasi-vecindad con una mesa larga de lugareños reservada y ya llena, en lo que a las claras era una cena de amigos, vi algo que me llamó la atención. Más que algo, era un alguien. Una línea negra le atravesaba las gafas por el norte. Más abajo descendía un bigote canoso entrepelado de esos que hacen parecer a quien los lleva un hombre decimonónico, victoriano inglés o, en términos del reino animal, a los colmillos de una morsa.

Mi software de reconocimiento facial comenzó a buscar rápidamente los parámetros de esa cara en la base de datos, lo que me llevó al mundo de la gastronomía —¿No se llama ese señor Juan Mari y es cocinero— pregunté en voz mediana. Todos en familia entrecerramos los ojos en forma de duda y le miramos, unos con más disimulo que otros. Luego, y como la pareja de franceses que teníamos al lado no pronunciaba palabra y se escuchaba mucho mejor la conversa de la mesa larga, escuchamos —Pedro— como le llamaron algunos de sus compañeros.

No se apellidaba Sánchez, ni era alto, ni ex-jugador de baloncesto, ni político en bajada sin frenos por la autopista del Dow Jones de la Bolsa Politiquera. No.

Tampoco era Ese Peeeedrooooooo!, pronunciado por Pene (lope) la noche de los Oscars mientras se subía el escote para no quedarse con el Oscar al mejor bochorno de la gala. Pero Pedro era, en efecto, la palabra clave. Al terminar el arroz con leche aguadito como lo sirven en este lugar al este del norte nos acercamos y, en efecto, era Pedro Subijana. El mismo que posiblemente se había entregado a degustar una idéntica sopa pescadora y la misma merluza a la plancha que yo.

No pude sino pensar lo que siempre pienso frente a un contratiempo: que detrás de cualquier disgusto o dolor, se esconde algo cuando menos, sorprendente; en este caso, una merluza que de haber tenido sueños, ni en sus mejores habría imaginado unir mi paladar con el de Subijana. En eso, y seguro en más de otra cosa, la merluza y yo, nos parecemos.

San Sebastián Pedro Subijana

Recomendaciones:

Gandarias – Tradicional Basque cusine. Reservas 943426362

Pollitena. C/ San Jerónimo Kalea, 3. 20003 San Sebastián 943425779

Akelarre Padre Orcolaga, 56 (Igeldo) 20008 San Sebastián

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About Author

Valery Rijk

Jurista y consultora en quien se juntan a partes dudosas según el día, lo venezolano, lo holandés, lo francés y lo nativo.

1 comentario

  1. Javier Boyra Rodríguez on

    Gran alegato contra la macdonalización imperante, proselitismo del slow food, de la simplicidad de la cocina casera tradicional. Tal vez ha sido cosa mía pero me ha transmitido la impresión de isla en un océano hostil, de refugio ignoto, de viajero a la defensiva. Colorista, íntimo, salpimentamos de imágenes gráficas y de lugares comunes como siempre.

    Mola.

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