Un viaje de ensueño a Mont Saint Michel

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Eran las 3 de la tarde cuando llegamos en el autocar, atravesando la estrecha carretera que da acceso al idílico lugar de Mont Saint Michel

Era un día de aquellos, que sabia reaparecerían una y otra vez a mi memoria, pero que pocas veces volvería a vivir, eso lo tenia muy claro. Por eso debía disfrutar cada minuto, apreciar cada aroma, grabar cada paisaje, poner todos los sentidos en la experiencia que vivía. Eran las 3 de la tarde cuando llegamos en el autocar, atravesando la estrecha carretera que da acceso al idílico lugar de Mont Saint Michel.

Aun la marea rodeaba el Mont, pero la marca en las arenas de la playa a lo lejos dejaban ver que hacia ya algún tiempo había comenzado a bajar y que pronto, tal y como en las postales que había visto quedaría la totalidad de la montaña y el poblado rodeado por la arena expuesta al tenue sol que luchaba entre las nubes por calentarnos aquel día de principios de julio.

Cristina, mi amiga, muy maja y encantadora con chaqueta color marrón y su bufanda a medio poner, su cabellera rojiza, ondulada, suelta al viento y llena de un carácter e ímpetu que solo una donostiarra puede tener. Hacia un par de años había visitado el lugar con sus padre y quería llevarme a ver cada rincón de la villa en la montaña, subiendo no solo a la Abadía sino al tope de una de las torres, no se si la del campanario, pero decía que podríamos salir por una pequeña boardilla del tejado a un pequeño pasillo donde divisaríamos según ella, la más bella de las escenas que la naturaleza nos podía regalar.

Así sin perder ni un minuto, nos apresuramos entre el tropel de gente que se arremolinaba en las típicas tiendas de turistas y fuimos surcando poco a poco hasta entrar en una pastelería para que probase lo que ella llamaba un “flan normand”, una especie de tarta de hojaldre rellena de manzanas, compartimos el bocado de un sabor muy difícil de encontrar fuera de aquel lugar.

Continuamos camino arriba, aún nos quedaba la mitad por subir para llegar a la Abadía. Ella en sus ansias por acelerar el paso me tomo de la mano como quien quiere guiar o tirar de uno y casi corriendo me hizo llegar hasta las inmensas puertas que dan entrada. Ya jadeante le pedí me diera un momento para recuperar la respiración, fue cuando todo comenzó a abrirse ante mis ojos como un libro de cuentos para niños. Todos los edificios de piedra color arenoso y sus tejados grises llenos de musgo en las esquinas y los aleros. Las ventanas de madera centenaria con cristales y detrás de estos los visillos en blondas cremas o blancas y geranios relucientes en los descansos. El verdor intenso de los arboles que salían tercos buscando el sol entre los edificios.

Mont Saint Michel Abadía

Su mano adherida a la mía por primera vez con la sola intención de estar juntos, se veía como una princesa, como una niña en pleno juego del amor. Entramos al silencio de la capilla con el estruendo de dos jóvenes llenos de vida, tropezando con las maderas de uno de los bancos fuera de lugar y que reparaban en esos momentos. No sé que nos dijeron unos trabajadores en francés, algo les respondió Cris, supongo que sería una disculpa. Continuamos entre risas y confidentes miradas hasta subir por una pequeña escalera en uno de los costados, de esas que solo podía subir o bajar una persona a la vez, ella iba por delante deseosa de llegar.

Un viaje de ensueño Mont Saint Michel

Una vez salimos al pasillo que formaba una especie de mirador, la sensación de vacío que daba la altura nos abrumó un poco. Lo abierto y expuesto que quedábamos nos obligó a recostarnos en el pequeño tejado de donde nace la torre del campanario y que quedaba a nuestras espaldas;  de frente, lo prometido: La vista más alucinante que mis ojos jamas pensaron ver. Ya la marea estaba retirada del todo, fácilmente unos quince metros, a bajo detrás de las murallas ya en la arena expuesta podíamos ver de forma diminuta personas caminando y una pareja que separándose comenzaron a grabar en la arena con alguna rama o bastón formaron un corazón gigante y al cierre del dibujo se veían a lo lejos abrazados, besándose. El embrujo mayor se produjo cuando en ese instante se cruzaron nuestras miradas y me pude ver por primera vez reflejado en las pupilas dilatadas de aquellos ojos acaramelados.

–  Oye, ¿estas despierto?- comencé a escuchar a una de mis hijas llamándome -¿qué te pasa papá?-
– ¿Disculpa? – le respondi algo aturdido.
– Te preguntaba que quién es la chica que esta contigo en la foto.
– Ah, ella. Cristina, una chica muy maja.

El sueño de un viaje o un viaje de ensueño. Cuántas veces nos topamos con momentos deslumbrantes que encienden nuestros sentidos y podemos divagar ya sea en el recuerdo o en la ilusión de un lugar anhelado. Son viajes imaginarios que nos permiten disfrutar a plenitud aquellos sitios que nos llena de ilusión o a quienes marcaron nuestra vida.

En la mayoría de los casos son la semilla que provocan viajes que volvemos a realizar una y otra vez.

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About Author

Carlos Frontera

Soy un caminante incansable con corazón de payaso y espíritu de poeta, enamorado de las cosas buenas de la vida y agradecido de la melodía que me ha tocado bailar como padre soltero junto a mis dos hijas como compañeras de viaje. Escritor por pasión y consultor empresarial por vocación.

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